El partido contra Suiza terminó cerca de las 11 de la noche en Kansas City, pero nuestra jornada todavía estaba lejos de terminar. Después llegaron las notas, la zona mixta, las declaraciones, el cierre de la edición y, finalmente, el regreso al hotel. Cuando pude acostarme ya eran más de las dos de la mañana.
Dormí una hora, sonó la alarma, me levanté, me pegué una ducha, agarré las valijas y a las siete de la mañana despegó el vuelo rumbo a Atlanta. No recuerdo demasiado del viaje porque lo dormí prácticamente de principio a fin.
Diario de viaje: ¿Qué día es hoy? El Mundial me hizo perder la noción del tiempoCuando abrí los ojos, el avión ya había tocado tierra en una ciudad que ya conocía. Era la tercera vez que llegábamos a Atlanta durante este Mundial; y también la tercera vez que nos enfrentábamos a uno de esos lugares que, por más que uno ya haya pasado por ahí, nunca terminan de resultar sencillos.
El aeropuerto internacional Hartsfield-Jackson no es un aeropuerto cualquiera. Es un mundo.
La primera vez que llegué fue impactante. Atlanta había sido la puerta de entrada a Estados Unidos y yo avanzaba con la sensación de que tenía que estar atento a cada paso para no quedar en offside.
Mirar un cartel, confirmar la dirección, volver a mirar, caminar, subir una escalera mecánica, bajar otra, encontrar un tren y, sobre todo, asegurarme de que efectivamente ese camino me llevara hacia donde necesitaba ir.
En un aeropuerto de semejante tamaño, una distracción no significa caminar unos metros de más. Un paso en falso puede mandarte a la otra punta y dejarte a kilómetros de tu valija.
Diario de viaje: volví a Kansas City y entendí por qué esta ciudad ya se siente distintaLa segunda vez, cuando regresamos a Atlanta para cubrir los octavos de final, la experiencia fue un poco más sencilla. Ya reconocía algunas cosas y sabía que bajar del avión no significaba, ni por asomo, estar cerca de la salida. También sabía que en algún momento tendría que subirme al tren que conecta los distintos vestíbulos de las diferentes terminales y que encontrar la valija tampoco significaba haber terminado el recorrido. Fue más sencillo, pero todavía no era fácil.
Esta vez fue diferente, ya estaba un poco más ducho. Bajé del avión sabiendo que, en realidad, para el fin del viaje faltaba bastante. Los carteles ya no parecían escritos en código, el tren había dejado de ser una incógnita y hasta sabía que, después de recuperar el equipaje, todavía quedaba otra pequeña peregrinación hasta llegar a la zona en la que se consigue un auto.
La primera vez intenté no perderme, la segunda empecé a reconocerlo y en la tercera sentí que, además de entenderlo, había ganado una batalla.
Quizás haya que pasar varias veces por el Hartsfield-Jackson para dimensionar lo que significa estar en el aeropuerto más transitado del mundo.
Diario de viaje: la foto que no pidió un periodista, sino un chico de cinco o seis añosPara tener una referencia de su tamaño, en su superficie podrían caber 14 Aeroparques, sin embargo las dimensiones son apenas una parte de la explicación. Atlanta es uno de los grandes centros de conexiones aéreas del mundo. Su ubicación geográfica la convierte en un punto estratégico para unir distintos destinos y el aeropuerto funciona, además, como el principal centro de operaciones de Delta, una de las aerolíneas más grandes del mundo.
Una enorme cantidad de las personas que caminan por sus pasillos ni siquiera tiene a Atlanta como destino final. Aterrizan, cambian de avión y vuelven a despegar; quizás por eso adentro todo parece estar en movimiento.
Apenas bajás del avión empieza la caminata. Caminás y seguís caminando; en algún momento aparece una escalera mecánica, después otra y más tarde el tren. Luego más caminatas.
Todo eso mientras seguís atentamente cada cartel porque sabés que equivocarte puede costarte mucho más que unos minutos.
Cuando finalmente encontrás la valija sentís que el desafío terminó, pero no. Todavía falta salir; y si, como nosotros, tenés que tomar un auto de aplicación, comienza otro recorrido hasta llegar al estacionamiento correspondiente.
Diario de viaje: La rutina más difícil de un Mundial es adaptarse para volver a empezarDesde que uno pone un pie fuera del avión hasta que finalmente se sienta dentro del auto pueden pasar, tranquilamente, entre 45 minutos y una hora. Eso si no equivocás el camino.
Cuando finalmente dejamos las valijas en el baúl y nos sentamos en el auto, sentí que habíamos aprobado una especie de examen.
La primera vez, este aeropuerto me había impactado; la segunda, ya no me intimidó tanto y en esta tercera visita, por fin, empecé a moverme con cierta naturalidad dentro de ese mundo de pasillos, trenes, escaleras y carteles.
Supongo que viajar también consiste en eso. Hay lugares que no se conocen de una vez sino que hay que atravesarlos, equivocarse, volver, prestar atención y aprender.
Casi una hora después, cuando finalmente subimos a la autopista, entendí que recién entonces habíamos llegado a Atlanta. Pero sobre todo que después de tres intentos, al fin, empezábamos a descifrar a uno de los mundos más grandes que nos tocó atravesar durante este Mundial.